Vivimos en una aldea global, donde el mundo es cada vez más pequeño, las nuevas tecnologías de la comunicación y la información nos conecta con todo el mundo en unos instantes, hace que sepamos el tiempo que va a hacer en Canadá, o las últimas noticias que se producen en la liga de fútbol de, pongamos por caso, Qatar.
El escritor Javier Cercas, en una entrevista para el desaparecido programa La Mandrágora, afirma que la provincia murió, porque existe el teléfono, existe Internet, existe los medios de transporte, que han sido mejorados infinitamente y nos traslada en pocas horas a lugares tan distintos, lejanos y que no tienen nada que ver con nosotros, esto antiguamente no pasaba y para poder ir de un sitio a otro se planificaba con tiempo, se programaba y el cambio era más escalonado porque la “lentitud” de dichos medios de transporte hacía que se fuera asimilando los lugares por donde uno pasaba.
Hoy el trabajo no se encuentra en el mismo lugar que uno reside, tampoco es algo perdurable en el tiempo, sino que la movilidad es un nuevo concepto que se está interiorizando y por lo tanto formando parte de nuestra vida. Pero esa movilidad trae consigo que uno tenga que aprender las nuevas formas de cultura con las que se encuentra, sin embargo esas formas de cultura no son tan distintas a las nuestras, ya que la forma de entender la vida es inter- conexionada entre los países, entre las ciudades y entre los pueblos.
Pero es esto realmente así, es decir, por mucho que estemos inter- conectados, es razón suficiente para que absorbamos la cultura de los lugares, o nosotros como seres individuales y autónomos tenemos la capacidad de diferenciar y aplicar criterios de criba para preservar nuestra propia identificación con un modo de entender el mundo. En el texto se nos dice que:” por si cultura entendemos una manera colectiva de vivir, un repertorio de creencias, estilos, valores y símbolos, ¿tiene sentido hablar de cultura global?” (página 115, módulo 5. UOC). No podemos olvidar, la realidad en la que vivimos, pero también formamos parte de una pequeña comunidad, quiero decir, que pasamos gran parte de nuestro tiempo en contacto con un pequeño grupo de personas y lugares concretos (el lugar donde vivimos, la lengua que hablamos cotidianamente, el lugar donde trabajamos, las personas con las que pasamos nuestro tiempo de ocio, el sentimiento que nos une a un determinado equipo de fútbol y un largo etcétera), ¿es esta una forma de patria? O ¿por el contrario son pequeños engaños que nos hacemos a nosotros mismo ante la necesidad de tener un lugar común para no perder las raíces ancestrales de formar parte de algo?
Está claro que sobre nosotros, sobre cada uno de nosotros, cae el peso de la tradición que hemos recibido, y también nuestras experiencias ante la realidad que estamos viviendo, y que se distingue de otros periodos en que todo lo que antes parecía sólido se está destruyendo, quiero decir en cuanto los elemento con los que nos sentíamos identificados, es por ello que se necesita construir nuevos lugares, para identificarnos, para sentirnos identificados con algo, que a su vez en un lugar común de encuentro, porque el ser humano es un ser social por naturaleza y necesita esos puntos de unión que les una con otros seres humanos.
Joaquín Sabina afirma una cosa que para mí es muy importante, porque creo que resumen muy el sentimiento reinante, o al que vamos. “Yo no tengo ni bandera, ni patria, ya que mi patria y mi bandera es la lengua que hablo, ya que me permite entenderme con todas aquellas personas que la hablan.” Es una predisposición y un modo de entender varias cosas, en primer lugar tener un punto de partida muy poderoso, ya que el hombre es ante todo comunicación, porque si no entendemos lo que se nos quiere comunicar no se puede mantener un dialogo (entiéndase dialogo en todo la amplitud de la palabra) y en consecuencia formar parte de un determinado lugar, ya que nos sentiremos excluidos, sentiremos que no pertenecemos a un determinado lugar. Pero también, la lengua sirve para distinguirnos, quiero decir que, si hablamos una determinada lengua, sabemos que no pertenecemos a otra cultura y por lo tanto la uniformidad y el fundamentalismo desaparece, con lo que el enriquecimiento es aún mayor, dando cabida a muchas formas de entender las diversas culturas. Y además nos permite entender el pasado, pero también el presente, dar una identificación concreta a las nuevas realidades, ya que el uso de una determinada lengua nos ayuda a eso, porque nos da un prisma determinado, y con el que nos sentimos identificados, para interpretar la complejidad con las que nos enfrentamos.
Sin embargo, nos encontramos con un problema, y es: ¿qué hacer cuando nos identificados con una lengua minoritaria y dominada por una lengua superior?, si renunciamos a nuestra lengua, supongamos que es la inferior, estamos renunciado a nuestra cultura, al medio mediante el cual somos capaces de enfrentarnos a nuestra realidad, y a la posibilidad de comunicarnos con otros componentes de nuestra cultura. No demasiadas renuncias.
El lema de la modernidad es “una estado, una cultura. Los grupos culturales subordinados tienen dos opciones: o se asimilan a la cultura (y lengua) dominante, o intentan convertir su cultura (y la lengua) subordinada a una dominante mediante la secesión” (página 118. Módulo cinco. UOC). Esta es una afirmación muy dura, y sin embargo, la Constitución española defiende y protege a las lenguas como el catalán, el gallego y el euskera, dotándolas de lenguas co-oficiales en el estado español. Es cierto que tal vez sea insuficiente, pero no es menos cierto que es un amparo bastante importante, ya que las dota de un importante rango.
Llegados a este punto es hora de contestar la pregunta con la que se iniciaba este texto. No creo que el ser humano sea un apátrida, ya que siempre pertenecerá y tendrá elementos que le una con un determinado lugar, la lengua es el vehículo curricular más poderoso que se tiene, ya que además de poder comunicarnos, hace que sepamos a qué lugar pertenecemos, pero sobre todo hace que nos sintamos identificados con una determinada forma de ser, creando con ello un mundo heterogéneo. Sin embargo no es menos cierto que debemos ser conscientes del mundo en el que vivimos, y de la rapidez con la que dicho mundo actúa. Por lo cual debemos ser lo suficientemente permeables a nuevas formas de cultura, y por lo tanto de lenguas, no con el afán de cambiar la nuestra sino con el afán de aprender y entender a las otras, ya que de esta manera la conciencia del otro nos hará tener un respeto más profundo sobre la diversidad.
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